La atracción del engaño y la soledad moderna

El mal del siglo”. Así es como se les conocieron a los años románticos de finales del siglo diecinueve, décadas en las que el hombre, a causa de profundos cambios políticos, religiosos y sociales, se vio sumido en una profunda crisis ideológica, emocional y de identidad, lleno de confusión al quedarse sin saber de pronto qué o quién era ante el mundo que se transformaba tan de prisa y en una cosa que no lograba entender del todo. Fueron muchos los cambios y tanta la velocidad que tomó el mundo (con la Revolución Industrial, la producción en masa, el capitalismo y la desigualdad descomunal entre clases sociales), que fue ello preciso la causa de haber llevado al hombre a quedarse inmediatamente sin respuesta alguna a la pregunta que se ha venido formulando desde que puso los dos pies en la tierra; una respuesta que ya no radicaba en la religión, ni en la ciencia, tampoco en la política, la industria o la economía. ¿Cuál podía ser entonces? El ser humano se ve de pronto envuelto en una batalla frente a la inalterable atracción al abismo, una sed insaciable por resolver todo el misterio, aclarar la duda, arrojarse a la noche, al claro de luna desde la altura del acantilado sobre un mar de nubes que se expande para sólo mostrarnos que hay más mundo, que es infinito, y que nosotros tan sólo somos pequeños, diminutos, casi invisibles al no lograr descifrar los misterios que nos hacen ser quienes somos, y haciéndonos cada vez más difícil hallar la dirección que se ha de seguir para dirigirnos a dónde se supone que hemos de ir.

El hombre ha perdido definitivamente su centralidad en el Universo y su amistad con la Naturaleza. Tras la gran aventura del Renacimiento y de las Luces, vencido Dios por la Razón, ahora el hombre percibe una nueva angustia, más desmesurada y más titánica que la medieval, pues él mismo, con su audacia y su temeridad, se la ha procurado.
– “La atracción del abismo”, Rafael Argullol

Pero aquel siglo terminó, y luego vino uno sumido de cambios aún mayores y en donde la respuesta a todo pasó a radicar en el poder, las guerras, en la dominación del hombre sobre el hombre. El siglo del terror. Y fue entonces hacia su final que se empezó a creer, con la caída del Muro de Berlín, que ahora sí se abrirían las puertas ante un siglo prometedor, lleno de esperanza: la luz regresaría después de la oscura pesadilla que significó el siglo veinte. No fue así. El terror sólo cambió de forma, y la nueva era tecnológica, de la mano con todas las redes sociales que habrían de llegar, y la Revolución Digital, sería la prueba de lo que pronto el hombre pasaría a ser testigo de presenciar: la resaca del odio, la composta utilizada para cultivar las emociones resentidas, el miedo y la angustia, la soledad que provocaron las guerras del siglo anterior, y esa falta de identidad que desde el siglo diecinueve quedó sin resolverse. Y ahora, además, una crisis moral, de ignorancia, la pérdida de carácter y una atracción del hombre hacia el engaño y la mentira, una farsa dominada por el absurdo de creernos lo que no somos y de ser lo más lejos que podamos de nuestra naturaleza verdadera.

El siglo del engaño”, el mal del engaño. Estos son nuestros tiempos de ahora. Y basta para entenderlo con voltear a ver a nuestro alrededor para aceptarlo: un escenario en donde se representa un baile de máscaras y antifaces, muchos de aquellos rostros sumidos en la gravedad que causa el “estatus social”, el ente que gira alrededor de nosotros para poder encajar y formar parte de algo ajeno. Los rostros, en aquel baile, poseen la mirada baja ante un aparato que nos transporta a otro mundo, una dimensión en donde no se baila, sino se imita, se intenta ser; una batalla interminable por seguir el ritmo de esta bola de nieve que conforme avance, crece, y como crece, pareciera imposible detenerla o bajarse de ella. Un baile en donde continuamos por no tener el coraje de asomarnos al exterior para observar lo que realmente sucede, afrontar nuestra realidad con sus miedos y demonios, la verdadera lucha que está aguardando por nosotros. Un baile que, si nos detenemos a voltear a ver al de al lado, pareciera melancólico, solitario, pues veremos a cada uno sumergido en su soledad, danzando su propia música. Y si paramos a observar aún más detenidamente, resultaría increíble ver la cantidad que hay de gente sola, y rota, quebrada, pareciendo ser así la modalidad actual de vivir: sin sentir; siendo sonámbulos que caminan hacia la misma dirección donde todos caminan, por inercia y por presión. La gente, hoy, anda sólo en búsqueda de un placer efímero, hedónico, cosas que lo satisfagan en el momento, aunque duren poco y dejen un vacío inmenso que, para volver a llenar e ignorarlo, buscamos otras cosas nuevas que las suplan. Por ello es que ahora estamos más solos que nunca, incluso pudiera parecer más que en los días grises y melancólicos del Romanticismo (entonces sólo era una cuestión externa que impregnaba en el interior, ahora viene esa confusión desde nosotros mismos). El hombre romántico sufre por el mundo que cambia sin atreverse a cambiar él, por la verdad que no encuentra (“la inmensidad le causa una nostalgia indescriptible y, asimismo, un vacío asfixiante”, expone Rafael Argullol). El hombre moderno sufre porque tiene qué cambiar él mismo tantas veces durante el mismo día. Y es precisamente allí que radica la soledad moderna: no sabemos qué queremos ni quiénes somos, nos engañamos con cuanta cosa prometa liberarnos en angustiosos discursos publicitarios y con tantas máscaras para lograr entrar en ese mundo de la tecnología y las redes sociales. Tratamos de opacar nuestra soledad y miseria en avatares falsos que nos creamos, y en donde ahí fingimos tenerlo todo: una casa bonita, un buen carro, los perros más lindos, una linda taza de café sobre la mesa junto a un florero de barro y un libro, fotos en la playa, fotos en la alberca, el gimnasio detrás, el mejor cuerpo y llenos de ropas de marca y los mejores relojes, embarrados de maquillaje como si fuéramos payasos de circo, con el mejor lente de cámara y justo a la hora exacta en donde la luz beneficie el mejor perfil que podamos ofrecer, y además, encima de todo ello, sumidos en una lucha de perros hambrientos de ego por ver quién logra presumir una vida “más perfecta”, “más llena de cosas” (porque si no estás en el juego, no existes). Volteamos la mirada de lo realmente esencial, preocupándonos en hacer crecer los cientos de amigos que tenemos en Facebook o los seguidores en Instagram y Twitter, y que de la mayoría de ellos no nos acordamos siquiera de sus apellidos, o dónde fue que los conocimos, o qué estudiaron, o qué hacen ahora; damos opiniones de todo como si fuéramos una enciclopedia y tuviéramos doctorados en todos los temas, y además, linchando la opinión del otro, porque solamente aquello en lo que creemos es lo que consideramos cierto y que viene de fuente fidedigna, el resto son mentiras (¡vaya falacia!). Además de todos los movimientos que están emergiendo, y que no digo que esté mal, sino que, si radican en el odio, entonces la mayoría de las veces se contradicen; así como muchos de los que se dicen ser activistas, pero la única rebelión y lucha que hacen es apretar el botón “compartir” en la computadora desde la comodidad de su sillón, y actuando de manera completamente distinta de lo que presumen de pensar. Y es que otra cosa además es cierta: en Facebook y en Twitter todos son perros que ladran pero no muerden, así como gente que opina pero no lee. Nadie es capaz de dar la cara, y todos los argumentos se basan en los memes (vaya nombre que se inventó), en las “fakes news” (¿por qué no llamarlo por nuestro idioma?), y en la basura que circula por las redes como tráfico de mierda, de río de aguas sucias, pero eso sí, somos incapaces de tomar un libro, leer la historia para entender un término y saber aplicarlo adecuadamente (no quedar como idiotas), escuchar las noticias o leer el periódico (¡da igual si se hace en un ipad!); pero leer, informarse, cuestionarse uno mismo si lo que se cree pudiera ser en verdad cierto o no. No depender de nada. Ni de nadie. Leer. Informarse. Tener pensamiento crítico, una mente objetiva, cuestionárselo todo y no basar nuestras decisiones meramente en sentimientos (creo en eso porque lo amo / no es cierto porque lo detesto). Vivimos en este mundo de engaño que nos vamos creando, este mundo que lo único que logra es hacernos sentir terriblemente infelices, falsos e hipócritas. Rotos y solos.  Muy solos. En constante peligro y con una vulnerabilidad que, por no tratar de ver, es capaz de llevarnos a las peores consecuencias; a un desastre total, como sociedad y como personas, alejando nuestra barca lo más lejos posible del “mar del ser”.

Argullol habla de estar pasando ahora por una epidemia espiritual. Nos alejamos de nuestro interior por acercarnos más a lo superfluo, lo material, lo banal. Y así, una vez más, es que se encuentra el hombre frente a las fuerzas de la naturaleza, el hombre frente al abismo, frente a la noche impotente y frente a una luna que lo ha acompañado durante toda la historia de la humanidad (viendo cómo nos hemos ido destruyendo entre nosotros). De nuevo el hombre solo. Perdido. No ha encontrado la respuesta que tanto lo ha mortificado y por lo que se ha visto inclinado mejor a escudarse en las mentiras y el engaño. El hombre desolado frente al paisaje inerte en donde se extiende un mundo capaz de mostrarle más mundo, más universo, y entonces así sentirse más y más pequeño, confuso. El hombre sumido en lo trágico, la desesperanza. La lucha por encontrar la respuesta a todo, la respuesta a sí mismo (él es la pregunta). Sufrimos nuevamente de una crisis de valores y, peor aún, de autoconciencia, en la que en lugar de ser libres, somos esclavos de la condición humana artificial, la que nos hemos inventado, la que nos está acabando. Ahora el péndulo vuelve a inclinar su balanza y nos encontramos frente a esa incertidumbre de la soledad del hombre frente al infinito, con la única distinción de que ahora nos vemos envueltos en mentiras y sin ser capaces de aceptarlo; volteamos la mirada, la dirigimos a otro lado, nos disfrazamos creyendo seguir en un cabaret donde la falsedad dura lo que la noche, y en lugar de lidiar tratando de hallar la verdad, como lo hicieron los románticos en su momento, tratamos de ocultarnos en una profunda e inalterable sumisión hacia la impenetrable atracción del engaño, allí en donde se encuentra este tipo de soledad moderna.

Si tuviera que vender mis mañanas y mis tardes a la sociedad, como hace la mayoría, estoy seguro de que no me quedaría nada por lo que vivir.
“Desobediencia Civil”, Henry David Thoreau

Víctor Daniel López
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Caspar David Friedrich
Edward Hopper

La infancia nueva

Dejaré de subir escaleras que no llevan hacia ningún lugar. De abrir puertas que conllevan a muros que no se pueden traspasar. Dejaré de cruzar avenidas con el semáforo en verde y de cargar con el peso de mil montañas mientras nado intentando atravesar los mares. Dejaré todo lo que no me permite avanzar, lo que me atrase, lo que me haga más lento. Dejaré los recuerdos que ahogan de madrugada y quitan aire, aquellos que no dejan dormir. Las personas que roban sueños en lugar de sumar fuerzas; aquellas que no dejan que vuelvas a enamorarte, a confiar de nuevo, intentarlo con alguien. Dejaré las cartas viejas, más aquellas de dolor y derrota. Las pulseras rotas, los recuerdos quebrados de amores pasados. Dejaré la piel rota, el cabello largo, la voz de un niño que apenas y comenzaba a conocer las delicias y dolores del amor. Los viajes que no se hicieron, las mujeres a las que no me atreví a hablarles. Dejaré las ciudades muertas y las ciudades perdidas. Los intentos fallidos, las disculpas que no fueron dadas. Las palabras sin decirse, las mentiras en cadena. Dejaré la inocencia, pero también la madurez (que tal vez aún nos hace peores). ¡Los juegos ya no jugados que vuelvan! Dejaré la seriedad, la responsabilidad, el mundo de los adultos aburrido, a veces rutinario, y aunque uno se crea lo contrario, dependiente de tantas cosas: del dinero, del trabajo, una posición social, del amor, de los otros menos de uno. Dejaré las enfermedades y las contradicciones, los engaños e hipocresías, las tantas casas en donde quise vivir. Los deseos rotos, los sueños sin cumplir. Las ropas desgastadas que ya no puedo ponerme más, pero por alguna razón las sigo conservando como si fueran tesoros, como si me pudieran regresar los días pasados, los amigos pasados, los tiempos en que corríamos por las calles, sudorosos, llenos de tierra y de sol, bañándonos a veces bajo la lluvia de domingo. Con heridas, pero sin doler tanto, ni importar; al contrario, eran heridas que podíamos presumir al día siguiente en la escuela, a los amigos, a la niña que nos gustaba y con quien disfrutábamos reír en clase, dedicar nuestros goles, hablar de miles de tonterías que a los niños hacen felices, y sorprenden. Los exámenes que nos hacían pensar eran la peor cosa a la que nos podíamos enfrentar (¡y cuán equivocados estábamos!). Aquellos días se pasaban lentos, lento el año, que para que llegara diciembre, uno sentía que había tenido que vivir toda una vida. Se pasaban lentos los días, y nosotros pensábamos que, al contrario, nos hacíamos cada vez más y más jóvenes. De nuevo, ¡cuán equivocados estábamos! Porque todo se agota, toda etapa culmina, como las luciérnagas o las mariposas, o las risas con sus pétalos que cubren de alfombra los campos del mundo: para que podamos andar ahora como hombres perdidos, y aunque a veces no sepamos a dónde ir, andamos, sin saber por qué, pero andamos. Entonces, los días lejanos de infancia parecían ser sólo un sueño, una carrera en la que nos preparaban para ver quién llegaba más lejos. A partir de entonces, todo iba a tratarse siempre después acerca de eso: ¿Quién el mejor? ¿Quién tiene más? ¿Qué somos y qué poseemos? Si tan sólo pudiera yo responder “¡Mi infancia! ¡Ser niño de nuevo!” Tan sólo. No más.

Víctor Daniel López
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Pintura de Dario Mastrosimone

La lluvia verde

En ningún otro lugar se sentía la humedad como ahí. Se le impregnaba a uno como sanguijuela, para chuparte la sangre, quemarte la piel cuando el viento corría en ráfagas hasta casi levantarte del suelo para expulsarte de esa tierra a la que no pertenecías, en donde eras tan sólo un extranjero, un hombre perdido que había abandonado su hogar por tratar de encontrar algo que había perdido hacía mucho tiempo. La humedad se adhería a los brazos y piernas, al rostro por donde rodaban lágrimas, o tal vez la lluvia, (muchas veces nunca supe si lloraba o llovía), pero el agua rodaba por mis mejillas y entonces la sal de la humedad era también la sal de mis ojos, y la sal de mar. El mar se extendía allí, en el horizonte, con aguas azul-verdes, cristalinas, y más allá, el azul oscuro en donde se alzaban pequeños islotes, y sobre ellos, se levantaban por igual pequeños acantilados, custodiando el puerto a donde llegaban los barcos pesqueros, los cruceros, los buques trasatlánticos, para descargar todo lo que iba a parar a otro lugar, porque nadie se quedaba allí, todos siempre estaban de paso, y eso era lo que hacía al lugar un rincón solitario en el mundo, sin nadie decidido a estar dispuesto a habitarlo. Porque en lugares como aquel, uno sólo está de paso, uno se va por el verano, y no se queda, tampoco vuelve. Pero yo me quedé hasta que la sal y la humedad ya no me afectaban tanto, hasta que me hube reconciliado con el viento y la lluvia, y entonces era como si después de habernos odiado tanto, termináramos enamorándonos, como cuando dos personas lo hacen y sienten que desde siempre se habían estado esperando, aunque a veces tarden en darse cuenta, aunque al principio se odien y no se soporten. Así la oscura sombra de mi sombra se pintó de verde que se hizo verde, que la quiero verde, verde del mar y las entradas que se formaban en la tierra, como pequeños ríos, canales que llegaban a poblados pequeños en donde el calor de la leña prendida era el refugio para el invierno, y en donde en verano, las playas brillaban de tanto sol y de risas, resplandecía la arena de vino, de sueños, y de una compañía que encajaba perfecto con las hendiduras del cuerpo en donde no llega la luz del sol para broncearse, y ahí en donde tampoco alcanza la humedad para quedarse, la humedad que se siente de pronto más en invierno. Aprendí a pasearme por las tardes en el corredor del puerto, mientras las farolas se encendían, y su reflejo iba a parar a las aguas, con el reflejo mío, de un hombre que ya no era el mismo, que había cambiado, al que la humedad ya no le chupaba la sangre y la sal no lo carcomía por dentro. Ese olor tan característico que jamás volví a encontrar en otro lugar: el de calles angostas y el de la madera, un olor como a viejo, amargo, pero reconfortante. El olor del mar y de la tierra. El olor de la lluvia cuando caía sobre aquella parte del mundo, coloreando todo de azul y de verde. La lluvia verde. La humedad. El olor. La sal. La arena que se volvía montaña, y el río que terminaba en mar.

Víctor Daniel López
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Humo de cigarro

besarla era como fumarse un cigarro de menta:
menta de sus labios, el tabaco,
húmeda tierra, de lluvia y café,
la tierra; labios mojados sabor a madera

su aliento no era aliento común
sino elíxir de vida, olor a campo, pradera,
semillas que germinaban de sus piernas,
su cintura: la hierba,
su cabello enredaderas que me envolvía como la más fina tela

ella era una mujer fértil habiéndose incluso acostado con el sol todas las mañanas desde que hay luz

el vino salía de sus comisuras para embriagarme las venas,
del arco de cupido escapaba mi nombre,
palabras frágiles que, susurradas a mi oído,
eran como la campana anunciando una gloria
bendito cielo, paraíso de perlas, de flores, la joya,
droga eterna, deseo efímero, mortal amapola

uno bebe el veneno de los ángeles para obtener la inmortalidad
(la vida posada en los ojos de una mariposa nocturna que vuela sabiendo a dónde ha de ir);
la lluvia fría como antídoto inmune contra la soledad
(¡mojémonos de besos para que nadie nos vea!,
pues sólo en el agua es que podemos dejar de ser granos de sal);
los senos de una luna desnuda, ebria, danzante,
como dos perlas recién salidas de las profundas aguas del mar
(y entonces la muerte deja de existir cuando te beso),
y entonces caen las estrellas para traer libertad a todos los presos,
y para todos los murciélagos ciegos que aman la noche: la oscuridad

cuántos deseos en los hombros sobre los que yace la noche más noche de todas,
y yo te confesé mi vida entera en apenas y unas horas
(¿se pueden declarar todos los secretos de uno en tan sólo una madrugada?)
tú me mirabas con tus ojos de niña perdida sin luna
(¿se pueden reconocer las estrellas del cielo en la mirada anónima de una mujer desnuda?)
el abrazo que dura lo que tarda el alma en dejar de ser alma,
y así se convierten en baile los pasos perfectos,
la trova, el son de la noche,
tú canción y la mía y la de todas las voces,
el abrazo de dos seres que habían olvidado cómo alzar las extremidades
enredarlas en las del otro,
oprimirse y acariciarse,
y dejar que los dedos, las manos, las uñas,
encuentren las cavidades en donde pudieran yacer para siempre
darse cuenta que el cabello del otro, la espalda, el cuello, las mejillas,
no son ajenos, sino también de uno,
y así, entonces, en un segundo de silencio es que puede caber el instante eterno,
TODAS LAS VIDAS,
el mundo, las palabras de los ríos,
los lamentos de los veranos y los árboles,
los suspiros de las ranas,
las lágrimas de los mosquitos,
y las miradas de los venados antes de subir a los montes
cuando atardece, cuando se apagan todos los ruidos, cuando se que queda el silencio y la noche
(los susurros que cobran vida de madrugada y nunca nadie oye
porque se está ocupado pensando en otras cosas, escuchando otras voces)

¡de pronto todo el aire se convierte en cuna para la melancolía del otoño!

sus senos fueron mi velo
mi angustia tu risa,
tus labios mis piernas la herida,
y nuestras pieles, al desnudas tocarse,
cual si extraviadas se reconocieren,
complementáronse la una a la otra
como la lluvia que hierve haciendo evaporar las notas
que nadie puede alcanzar porque sólo son gotas:
de lluvia desnuda y de besos descalzos
desalmando el verano
(cuánto tiempo habían estado las estrellas esperando
cuántas vidas y cuántos años, ¡cuántas pieles desnudas de extraños!)

besarla era como tocar la lluvia
y conocer así los misterios enteros del cielo,
el vapor desprendido del suelo,
tu cigarro apagándose,
apagándose el fuego,
y el humo escurriéndose lejos
junto con tus caderas
y tus piernas largas y flacas
y tu boca, tu aliento,
la noche envuelta de lunares
y las marcas de tus uñas a mi espalda,
clavándome la vida,
enterrándome tu nombre
mordiéndome la nuca, el lóbulo de la oreja,
mis manos sobre tus hombros
tu cadera en mi vientre,
el fuego de la noche que llora y arde y revienta
mientras me asfixio de tu aroma de cigarro y menta
de noche de cuarto menguante que nos convierte en dos seres incapaces de amarse
pues todo va, fluye y se devuelve
(porque toda la belleza en la vida dura lo que tarda la flor en secarse)

besarte era como succionar,
asfixiar la noche,
e inhalar todo el humo de tabaco, vino, café y de flores
el oxígeno de tus pulmones y sangre,
aspirarlo hasta morir,
para sólo entonces así,
después exhalarlo,
aprender a dejarte, para siempre ir,
aunque adicto vuelto ya:
a los besos y a la lluvia
a los mares y a tu pelvis,
los huesos que no se corroen con el tiempo,
las luces de la noche y el silencio de los ojos,
adicto al tabaco y al humo,
a la menta
adicto a tu nicotina

pero aquí viene otra vez…

(tan sólo uno,
sólo otro más,
un cigarro me iré a fumar:
un cigarro para recordarte
y el humo para poder olvidar
)

Víctor Daniel López
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La noche de las peras

Ésta es la noche de los pechos“, se estremeció don Rigoberto, se estremeció Brausen, me estremecí yo. ¡Maldito Onetti! ¡Maldito Mario! La noche de los senos, como lunas blancas resplandeciendo a la oscuridad de una noche a finales de verano (triste verano, ¡siempre el maldito verano!), como dos peras dulces, jugo de almíbar, el placer fermentado. Era la primera vez que nos veíamos (o eso creíamos). Tú vestías tu falda azul que te llegaba a las rodillas, cubriendo tus piernas flacas, bronceadas como si estuviesen empapadas del color de la arena que deja la ola cuando regresa al mar. Tu blusa rosa, tus brazos largos, tus manos más calientes que el sol de verano. Tu cabello negro hasta la cintura, negro como los ojos negros con que me mirabas mientras yo te confesaba mi vida entera: todos mis secretos, mis mejores recuerdos, mis miedos, mis vidas pasadas, mis muertes, mis amores y dolores y la música que escucho, platicándote de los viajes que me cambiaron, de mis poemas, las historias de mis novelas, todo, todito todo te confesaba en tan sólo unas horas, mientras afuera los grillos cantaban briosos de contentos, y las ranas como si hace mucho no hubiera llovido allí en esa casa tan alejada del mundo y de lo real, lo cotidiano, lo normal. Tú me mirabas, y me escuchabas (pareciendo que hasta me leías la mano), y yo te veía y oía tu silencio porque nunca nadie me había puesto atención de la forma en que tú te encontrabas frente a mí con la mirada más abierta que las palmas extendidas de las manos del desierto. La noche más oscura, la luna no alcanzaba a entrar por la ventana, pero veía lo que sucedía, y no era que estuviera cambiando el mundo, aunque algo de razón ha de tener el verso de “Piedra de Sol” de Octavio Paz. Cambiaba tu aire, y mi sangre, y los cuerpos que en una noche perdida logran reconocerse a mitad de cientos de vidas vividas, y otras más todavía por pasar, porque lo que uno ha llegado a tocar lo reconoce después cuando se besa, aunque sean otros labios, otros cuerpos, otras manos. Nos pusimos de pie, tú me abrazaste, y yo te estreché todavía más hacia mí. Los dos así, los dos tanto tiempo como si hubiesen sido todos los abrazos del mundo encerrados en ese instante de noche, noche clara, sagrada, noche de revelaciones, de confusión y deseo. “Contigo siento misterio”, me dijiste. A lo que yo te respondí: “contigo siento algo raro que ya había sentido antes, hace mucho, muchísimo tiempo. Tú tienes algo”. Y el abrazo siguió como siguieron las luciérnagas del verano brillando allá afuera. Te acariciaba la espalda, tú me acariciabas el alma. Y sí, nos besamos, como sólo por comprobar lo que habíamos descubierto, que nadie nos engañara, que no dijera la muerte que sólo era una trampa. Y no lo fue, vaya que no, todo era real porque la luna y las luciérnagas y las estrellas seguían brillando allá afuera, y la noche sobre nosotros, dentro de nosotros, fundida en nosotros. El beso que logra succionarle al otro las venas, las arterias, los huesos, cada órgano, vaho para la vida eterna (puede que al final creo que sí tenga razón Paz: “si dos se besan el mundo cambia, encarnan los deseos, el pensamiento encarna, brotan las alas en las espaldas del esclavo”). Al terminar, nos miramos, y otro abrazo, y otro beso, y las manos con las manos, la frente y frente, las narices jugando, las lenguas envenenadas, idiotizadas como si estuviesen poseídas por algún demonio del Hades. Afuera, la lluvia y las ninfas, todo brillaba. Así que salimos. Jugaste conmigo, me agarraste de las manos y me pediste nos aventáramos a la piscina donde la luna y las estrellas y las luciérnagas, las farolas de la casa y las farolas de los sueños, nadaban. Nos lanzamos, el agua no estaba fría ni hacía viento. Yo no sentía miedo, era como estar de alguna forma en casa, no la casa de cuando se es niño, ni la que se  construye uno, sino la casa de donde venimos y a donde hemos de ir, la casa-centro, la casa-mágica, resplandor infinito que da luz a todas las cosas que iluminan en este mundo, como tus ojos y tu pelo negro, largo como tus piernas y tus brazos, y tus manos morenas que se aferraban a mí, me quitaban la playera, me acariciaban la espalda. Benditas manos que me salpicaban de agua, como niñas traviesas queriendo jugar. Te montabas en mí, a mi espalda, sobre los hombros, y entonces los dos caíamos y nos sumergíamos en el agua, donde tú me sujetabas las mejillas para atraerme hacia ti, besándome inmersos allí bajo las olas de Nun, entrando el líquido en nuestras bocas y revolviéndose con la saliva y el sudor y las lágrimas de la noche que lloraba y lloraba. Nos besamos tanto mientras reíamos, mientras jugábamos, cantábamos, nadábamos, andábamos y andábamos. Te subiste en mí, de frente, abrazando mi cintura con tus piernas, tus brazos alrededor de mi cuello, y decías mi nombre, uno que yo había olvidado hacía mucho tiempo, y entonces también me vi: en ti, en el reflejo del cielo sobre el agua, en el agua que entraba en nuestros cuerpos. Me imploraste que te dejara ser mi niña de Schiele, que te pintara desnuda, pero no con pinceles ni óleo ni carbón ni acuarela ni ningún tipo de pigmento, sino con mis manos, que te pintara con mis manos, que trazara cada parte de tu cuerpo y te diera color, te diera forma, te otorgara la vida como si fuera algún tipo de creador, pero la diosa salida de espuma eras tú, que reías y me besabas el cuello, tu lengua recorriendo la comisura de mis labios, la entrada de mis oídos, el esternón de mi pecho. Entonces me pediste que fuera al baño, que ahí te esperara, que no tardabas. Yo no quería dejarte, pero no te dejé, sólo me fui, salí del agua y no había viento, sólo tus ojos negros que me observaban de lejos, como niña pequeña siendo indiscreta con sus planes y los siguientes pasos, indiscreta para el deseo y las fechorías. Yo me dirigí al lugar citado, me desnudé, puse el radio y sin planearlo sonó mi aria favorita, la que comparo con el cenit del orgasmo, el coitus interruptus, el subir y bajar, encender el fuego de poquito en poco para avivarlo más, hacerlo crecer. Oh, ¡muerte de amor! Los tonos que son llevados a un límite en donde logran encender químicamente el cerebro para sentir placer, como el carnal, el del sexo, el placer del orgasmo. El aria de Isolda de Wagner, la metáfora de la salida del sol con el clímax de venirse, de correrse, misma metáfora de la despedida de dos amantes que solamente pueden estar juntos mientras la noche dure, mientras haya luna, única cómplice y coartada del deseo de los amores que sólo duran mucho menos tiempo que el tiempo de vida de las luciérnagas (dos meses). “Liebestod” seguía (apenas y había comenzado), cuando tú en silencio entraste al baño, te quitaste la blusa rosa y la falda azul y tu ropa interior. Abriste la puerta de la regadera, y entonces te vi allí, desnuda, tu piel bronceada, perfecta. La hiperestesia en la mirada por la belleza. Recordé entonces esa película de Sorrentino en donde Jep Gambardella ha vivido todas sus últimas décadas atormentado por el único instante de belleza verdadera que tuvo: ver los pechos desnudos de la mujer que amó en su juventud, a la luz de la luna, frente al mar Mediterráneo, un día en que también era verano. ¡Y es que jamás volvería a estar tan cerca de lo sublime! Como belleza griega, la única Venus. Esa verdad de saber que jamás volvería a tener un instante de belleza como aquel sería lo que lo arrastraría hacia un vacío grande, infinito, casi inexplicable sobre el conseguir algo tan ímprobo sólo para después perderlo (pero así es la vida: “a veces Roma puede decepcionar”). De esa misma manera, al igual que Jep, yo vi tus senos redondos como dos peras, perfectas. Isolda seguía cantando al amor, a la muerte, a la noche y al sol (“esa clara resonancia que me circunda, ¿es la ondulación de delicadas brisas?”), y tú te pegaste a mí, y yo sentí tus senos en mi pecho. Tus manos juntas atrapando mi miembro, tirando de él, acariciándolo con tus finos dedos capaces de desenrollar la tela de algodón de las alas de los ángeles. Tu cadera pegada a la mía, nuestros sexos tocándose, hirviendo lento, tu lengua enroscada a la mía, tus labios, mi carne, la piel fusionándose. Y la triste Isolda llegando al éxtasis, al coito no interrumpido, la culminación del deseo, el apogeo del canto, un grito que sale porque no se pueden seguir ocultando las palabras, las sensaciones, cada fibra, cada beso y cada tacto (“en el fluctuante torrente, en la resonancia armoniosa, en el infinito hálito del alma universal, en el gran Todo… Perderse, sumergirse… sin conciencia… ¡Supremo deleite!”). Oh, Isolda. Y te montas en mí, de nuevo tus piernas alrededor de mi cadera, chocamos los dos contra la pared. Y giramos, el mundo gira junto con nosotros. El agua hirviendo cae de la regadera sobre nuestros desnudos cuerpos que ya no son dos sino uno, nos volvemos uno-completo, uno-inequívoco, uno-infinito-todoslosnúmerosjuntos. Y nos tiramos al suelo, sobre ti te beso los pechos, esos senos perfectos, no en forma de luna, sino de peras. Los oprimo una y otra vez, se ponen duros, los beso, los lamo, succiono. Tú gimes, y yo te susurro al oído palabras inexistentes, inexplicables, murmullos de animales de noche para los que el apareo resulta ser el inicio de sus muertes, el término de sus vidas cortas. Me flagelas la espalda al golpearme con las palmas abiertas de tus manos, me entierras las uñas, y yo te oprimo el cuello, te jalo del pelo, el cabello negro. Te penetro, y juntos bailamos esa danza que allá afuera las estrellas, a lo lejos, también interpretan, girando la una con la otra (dicen que todos los puntos son estrellas binarias, ninguna está sola). Tu piel es mi piel. Se reconocen, como si ya hubieran pertenecido antaño a la misma estrella, o a la misma roca, al mismo alcatraz, al mismo pétalo de magnolia. El sol ya salió, no el de nuestro mundo, sino el de Wagner. Y llegamos al orgasmo los dos, sintiéndonos la llama de una vela que incendia el mundo y toda la historia y el arte en él (adiós Picasso, a Goya, Gaugin y Monet; adiós a Miguel Ángel, Da Vinci, Rembrandt y Vermeer; también adiós a la música, a los versos de Neruda, Quevedo y García Lorca; adiós a Mozart, Porter, Mahler y a Gardel; adiós a las armas, a las fiestas y a los bailes; y también adiós a todos los sueños de los hombres en noches de verano como aquella). Todo se esfuma, se pierde, se diluye en el agua de afuera, donde nos despojamos de todo, el agua de lluvia y de lava. Todo se va. Y quedamos en silencio. Yo me quedo admirando de nuevo tu perfecto cuerpo moreno, tus pechos redondos, tus desnudos ojos. Y así, recostados los dos juntos, me vuelves a abrazar y me dices que en otro tiempo hubiera sido yo tu hombre perfecto. Nos quedamos así, casi dormidos, pero despiertos. Hasta que pasada una hora me quitaste el brazo que te abrazaba, desprendiéndote de mí. Te levantaste en silencio, saliste de la ducha. Te comenzaste a arreglar mientras yo me puse detrás tuyo para abrazarte. Me pediste que te pusiera el brasier, y mientras te vestías me decías que atesorara ese momento, que lo apresara en mi memoria, bien guardado, donde los años no lo desgastaran, que lo recordara y me quedara con él, que porque eso que había pasado jamás volvería a suceder. Yo no lo entendía, fruncía las cejas, alzaba mis brazos. Te diste la vuelta para quedar de frente mío. Tus ojos negros, tu cabello negro, tus labios por donde salía el vapor de verano. Afuera ya no habían ni estrellas ni luciérnagas ni luna ni la noche de Tristán e Isolda. Te dije que no te entendía, que no comprendía aquello que tratabas de insinuarme. Y tú de pronto te soltaste a llorar. Quise abrazarte pero no me lo permitiste, te echaste hacia atrás. Me miraste con la tristeza más extraviada que había visto en los ojos de alguien, y me dijiste que me anduviera con cuidado porque una mujer llegaría a mi vida en los próximos años para después destruirme; ella sería la madre de mi hija que tanto quería, decías, por eso más debía tener la fuerza suficiente cuando llegara el momento en que me partiera en dos. Me implorabas que me alejara de allí, que no me quedara ni por mi hija ni por el amor ni mucho menos por mí, que tuviera el coraje para irme lo más rápido que pudiera, lo más lejos, que la dejara, la abandonara, y que no me dejara arrastrar por las cosas que uno, siempre cuando arde, se deja llevar. Pero yo no entendía qué cosas eran esas, a qué te referías, ni quién la mujer de que me hablabas; no sabía ni de mi hija, de nadie, no entendía nada de nada. Intenté preguntártelo, pero no me diste siquiera oportunidad, pues saliste de allí cerrando la puerta detrás tuyo, quedándome yo solo, en silencio, sintiéndome desgraciadamente feliz y vacío, aún en éxtasis, el placer todavía corriendo dentro de mi cuerpo, y la tristeza de verte ir, no de allí, sino de siempre, sin saber lo que me querías decir y sin saber si en verdad me atrevería a no dejarte ir. Claro que para entonces ya alumbraba el día, había amanecido. Y no habían cigarras ni ranas ni cosas volando iluminando la oscura noche, sino estaban los pájaros cantando y las flores y el cielo azul y el sonido, el color, las palabras alrededor de todo, de nuevo. Cerré los ojos, y alcancé a seguir viendo tus dos pechos desnudos, morenos, perfectos. Las dos peras de las que había bebido apenas y hacía unos momentos, y estaba seguro jamás volvería a probar jugo semejante, a endulzarme con tanta droga. Porque quizá y todo había sido tan sólo un truco, sí, un truco. “El final de < La Grande Bellezza >”, recordé. El azul del mar y de tu falda. “Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida.” Seré como Jep reviviendo siempre ese momento, una y otra vez, en mi mente, el único instante, la perfección que fue eterna y fugaz a la vez. Tus senos. Las dos peras, dulces y amargas. “El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo. Los demacrados, caprichosos destellos de belleza.” Aquella noche había sido la noche de las peras. Abrí los ojos. Sentí el calor de la soledad. La noche era ya sol. Nunca más te volví a ver.

Víctor Daniel López
< VDL >

Escena final de “La grande bellezza” de Sorrentino

Reseña de la película de “Baby driver” de Edgar Wright

Nunca he sido fanático de las películas de acción y mucho menos de carros. Pero como siempre, hay la excepción. Y la excepción puede a veces demostrarnos que cuando las cosas que detestas, alguien tiene el valor, la inteligencia y la genialidad, para hacerlas realmente bien, te puede llegar a sorprender, convencer, e invitarte a que te dejes consumir por ese mundo que antes te parecía tan ajeno. Y así como “Joker” nos demostró que se pueden hacer buenas películas sobre superhéroes y cómics, de la misma forma “Baby driver” nos pone en manifiesto que también se puede hacer una completa joya de una historia completamente de acción y de coches, alejando la mala fama que se ha venido encargando de desprestigiar el género películas como las de la eternamente aburrida saga “Fast & Furious”.

Para lograr la adrenalina que sientes desde el inicio, y que va en aumento hasta terminar con una explosión de éxtasis hacia el final de la película, el director Edgar Wright lo hace posible con una de las mejores ediciones de sonido que he apreciado en la industria cinematográfica, así como con una dirección de cámaras que hace sentirte parte de la historia, dentro del coche, parte del equipo, huyendo de la policía, que sientas enamorarte, el peligro, la lucha moral interna entre ser una buena persona o doblegarte ante el oscuro mundo del crimen y la violencia. La dirección de cámaras es la el secreto junto con la banda sonora que para todo melómano resulta una gloria al ser las canciones tan bien encajadas en el rompecabezas de cada una de las escenas Y es que no es coincidencia que el protagonista Baby sufra de tinnitus (como Barbra Streisand, Phil Collins, Pete Townsend o Chris Martin), y que el único remedio para alejar ese molesto tintineo en sus oídos sea escuchar todo el tiempo música en sus audífonos (y pareciera que nosotros también vivimos toda la película con ellos puestos), pues no pudo haber mejor selección de playlist para este filme. ¿Cuántas canciones podremos encontrar con el nombre de Mary en sus letras? ¿Y con el de Baby? Nos responden solo una parte artistas como Carla Thomas, Beck, T. Rex, The Detroit Emeralds o Simon & Garfunkel (de estos últimos es que una de sus canciones da título a la película). Uno se deleita con esos colores en movimiento al son de The Beach Boys, Barry White, de Queen o The Commodores. En una de las escenas de más suspenso entra con una precisión y de encaje perfecto “When something is wrong with my baby” de Sam & Dave, haciéndonos retorcer en el asiento entre la adrenalina de estar involucrado en una de las mafias más temerarias y la adrenalina del amor cuando aún no se pasa a la etapa del conocimiento profundo del otro, y lo desconocemos, y donde tampoco aún se saben los secretos propios. Porque no todo es acción, también tiene su romance. Y el humor, la ironía, entre una acción tremenda que va saltando y escalando, a la velocidad como la de los grandes autos, nos va haciendo suyos. En la banda sonora también se disfruta de ese solo de guitarra de “Brighton Rock” en una batalla automovilística cargada de fuerza visual y sonora, así como también llegamos a oír hasta la alegre “Tequila” de The Button Down Brass en una de las escenas mejor logradas y a tope de intriga.

Este es un filme que rinde homenaje a Scorsese, con algunos ligeros guiños, y otros muy obvios (como el referente a “The Godfellas”). Una película, con un elenco conformado por Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James y Jamie Foxx, capaz de lograr unos planos secuencia con el jazz de Dave Brubeck, y transiciones perfectas entre las escenas de acción realmente sorprendentes, como en su momento Tarantino lo hizo con “Death Proof”. También vemos otras alusiones, como “Easy Rider”, y hasta el final de la película se torna un poco a la “Bonni and Clyde” o “Natural born killers”.

Baby Driver” es una explosión de adrenalina las dos horas que dura. Uno sufre, se engatusa y empatiza con los personajes, sobre todo con Baby. El corazón termina latiéndole a uno a mil por hora. Y es que sí, no me gustan las películas de acción ni de coches, pero esta… esta fue una tremenda joya que disfruté con locura.

Víctor Daniel López
< VDL >

Casa de Verano

¿Aún existirá? La casa de verano a la que acudíamos a dormir mientras la lluvia estruendosa caía sobre el bosque, haciendo temblar los árboles, las nubes, temblaba la tierra y tu boca y la mía, las aves, las flores. Volaban las horas y dormían junto a nosotros, desnudas las horas, la lluvia, las olas. ¿Aún seguirá aquella casa de verano que construimos con el polvo, a un lado del río, entre sueños, cuando éramos jóvenes y corríamos y nadábamos y subíamos, y éramos jóvenes.

Víctor Daniel López
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“La ciudad muerta” de Korngold

Un vacío de recuerdos en toda la casa. Fotografías de momentos que ya no existen. Objetos de remembranza. El cabello de la mujer amada. Para no dejarla ir. Para retenerla. Que siempre esté presente. Un palacio levantado al dolor de la pérdida y la melancolía de un hombre que no puede aceptar la muerte del ser que más amó. El lugar más solitario de toda la ciudad de Brujas. Un mausoleo al sufrimiento del hombre y su soledad. Entre las callejuelas empedradas, sus angostos canales de agua fría, construcciones triangulares, y sus puentes de ladrillo y madera. La ventana más pequeña del mundo, dicen. En medio de todo, se levanta el obelisco a la ilusión por alejar las verdades que yacen a la oscuridad, entre sueños, detrás de las palabras que no queremos oír. El espectro de la mujer sigue atrapado en él, o él sumergido en su recuerdo. Y uno al otro no se dejan ir. Él no acepta que se ha dormido para siempre. No se cree que ha muerto, que ya no está, y jura seguirla viendo, ve su rostro en los rostros de otros. Cree encontrar en otras mujeres a la misma mujer. La única. La irremplazable. La que no se marcha de una ciudad perdida, la ciudad muerta. Brujas muerta. La pequeña ciudad de la melancolía. Y donde en una simple habitación pareciera sobrar espacio, y aire. Todo está estancado. Pudriéndose. Los sentimientos marchitos. El amor, muerto.

Die tote Stadt” fue la tercera ópera que Erich Wolfgang Korngold compuso cuando apenas y tenía veintitrés años. ¿Quién puede saber a esa edad sobre la pérdida del ser amado, y el dolor insoportable de nunca más oír la voz, ni tocar las manos calientes, ni enredar las manos en su cabello enmarañado? El compositor alemán pone en Paul todo ese dolor y vacío que siente por la ausencia de Marie, quien siempre está presente en las dos horas y media de ópera, pero nunca canta, como los muertos. La protagonista vocal es Marietta, quien llega a la casa de Paul en su intento por seducirlo, pero él la llega a confundir con su Marie, y ahí es cuando ella comprende que él está completamente loco, que sigue hundido en el sufrimiento por la pérdida de su esposa y no ha sido capaz de superarla, y que quizá nunca lo hará (mein Sehnen, mein Wähnen, es träumt sich zurück). Entonces, la realidad se combina con los sueños, se mezcla con las pesadillas. Paul ya no sabe si está aquí o está allá, ni qué es aquello a lo que se llama “verdad”. La tonalidad pasa a la disonancia. Y la oscuridad, al vacío.

La parte más sublime de toda la ópera es sin duda alguna la hermosísima aria de Marietta (“Glück das mir verblieb”), en donde el dolor no puede ser más doloroso, y uno derrama lágrimas como las de Marie la muerta, Marietta la desamada, y Paul el perdido. Marietta le canta al amor que debe ser olvidado para sólo así abrir las puertas del corazón a recibir uno nuevo. El amor que se va, pero siempre se queda. La esperanza. Y el presente verdadero. No es extraño pensar que Korngold, con la sangre germánica dentro de él, compusiera esta pieza con toda la característica del lied. Un aria que asfixia para estremecer las fibras emocionales, llevándonos al éxtasis para luego dejarnos caer. Refinada, transparente. Y es precisamente el leitmotiv de esta aria el que nos perseguirá por las horas siguientes, hasta el final, sólo para recordarnos que el dolor por la pérdida es una canción triste, y el miedo, un monstruo que se aleja de la esperanza para no dejarnos seguir adelante.

Glück das mir verblieb” por Renée Fleming

Ésta se trata de una obra romántica tardía con algunos toques al puro estilo de línea melódica Pucciniana. Pero también justo en el límite de la modernidad con esos acordes disonantes tan característicos de Wagner y Strauss, y con leves indicios a la atonalidad del dodecafonismo. La historia de “Die tote Stadt” se basa en la novela simbolista “Bruges-la-Morte” (“Brujas muerta”) del escritor belga Georges Rodenbach, publicada en 1892. El libreto es uno de los mejores en la ópera. Y la música, no pudo ser más perfecta. Quizá hoy en día no sea un título conocido ni tan representado en las casas de ópera, pero sin duda debería dársele más reconocimiento. Es un viaje a lo esotérico, a lo muerto. Uno viaja a la ciudad del pasado, y logra volver, para sólo darse cuenta de que se puede salir de esa habitación llena de recuerdos y espectros, para seguir adelante, volver a saber cómo vivir. Korngold fue un gran compositor, y no por nada es uno de mis favoritos, pues además de sus óperas recomiendo mucho escuchar sus obras sinfónicas, sus lieder, y aquellos extraordinarios conciertos para piano y violín, así como las inmemorables bandas sonoras que compuso para muchos de los filmes de Hollywood. Un compositor al que debemos darle una mejor posición en toda la historia de la música. Y en este caso, agradecerle por hacernos viajar a La Ciudad Muerta, y sentir el dolor como muy pocas cosas, o muchas, nos lo hacen sentir.

Víctor Daniel López
< VDL >

Realidad evadida

De repente me encontré parado sobre la suave arena de un desierto tranquilo y silencioso. Una fuerte brisa pasó a mi lado, envolviéndome entre su fría soledad. Arriba en el firmamento, flotaban nubes de color rosa, en formas de figuras de lunas y de estrellas. Caminé, sintiendo un gran peso en mis piernas, como si llevara pesas cargando. De la superficie de arena, salió repentinamente un animal. Como una transformación de un ratón y una culebra, con dientes afilados y su sonrisa perversa. Me empujó con una de sus patas una nota. La tomé entre mis manos y la leí. La nota decía “Resígnate y olvídalo”. Seguí avanzando y a lo lejos divisé una pequeña cueva. Me dirigí hacia ella con curiosidad. Antes de llegar, me topé con un letrero, rodeado con hojas de palmeras que decía “¡Silencio!”. Hice caso omiso y entré en aquella cueva oscura y que desprendía un aroma a hojas otoñales secas. Observé al fondo, un haz de luz que iluminaba algo. Me acerqué más y la luz caída desde algún lugar alto de la cueva, iluminaba a una hermosa mujer. De pelo largo y de finos ojos. Me cautivó con su dulzura. De las paredes, alrededor de la cueva, caían enredaderas y entre ellas, había rosas. Fui y tomé una de ellas. Regresé y se la entregué a la mujer. Me dijo “No, yo busco un alcatraz”. Salí corriendo de la cueva y afuera, la lluvia había empezado ya a caer. Llegué a donde se encontraba un conjunto de piedras. Unas sobre otras. Y en medio de ellas, salía un perfecto alcatraz. Lo arranqué con delicadeza y me dirigí hacia la cueva. Se lo obsequié a la preciosa dama. Me miró fijamente y me dijo “Busco un clavel”. Salí de la cueva dirigiéndome a su altar.

Víctor Daniel López
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